Todos los años, mi familia y yo, nos íbamos a veranear, a una casita que mis padres tenían en un pueblo costero. Mi padre conducía un vehículo muy pequeño, Seat 600, dónde cabían montones de cosas: varias maletas con ropa y sábanas, toallas, las bicicletas, la sombrilla, la mesa y sillas de la playa, sombreros de paja, cubos y palas, transistores, las cartas, juegos de mesa, y un sinfín de cosas más. Iba repleto.
Aquella etapa de mi infancia la recuerdo como una de las mejores de mi vida. Era una gozada pasar allí el verano. Mis padres se reencontraban con sus amigos, y mis hermanos y yo, nos reuníamos con los nuestros, sus hijos.
Cuando íbamos a la playa, nos encantaba jugar a ser arquitectos construyendo castillos de arena en la orilla del mar. Era nuestro juego favorito. Cogíamos el rastrillo, la pala y el cubo lo llenábamos de agua, y moldeábamos la arena a nuestro antojo.
Mientras las olas danzaban cerca de nuestros piés. Nosotros seguíamos a lo nuestro, construyendo torres. Aunque las olas se las llevaran una vez terminado el castillo, no nos importaba, porque seguía vivo ya que era mágico desde nuestra fantasía. Dentro de él seguía estando el trono, los reyes, príncipes, princesas, hadas, dragones, tesoros, puentes levadizos, túneles, fosas, muros... Toda una historia real dentro de nuestra imaginación.
Por las noches nos poníamos a contar las estrellas de luz, inventando figuras y universos. Después cogíamos las bicicletas y nos acercábamos hasta la plaza del pueblo. Mientras que nuestros padres estaban sentados al fresco en la puerta de casa disfrutando de la compañía de los amigos y unas cervezas, entre risas y chistes.
No necesitábamos más. Éramos felices desde la sencillez, con pocas cosas, pero enriquecidos de espontaneidad, inocencia y fantasía.
Pero como no hay nada eterno en esta vida, las vacaciones llegaban a su fin y había que volver a la ciudad. Eso era lo peor de todo. Tener que esperar un año más para regresar, de nuevo, al mar de la imaginación.
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María